lunes, 5 de octubre de 2009

Dejar Ir

Al principio era invisible. No se podía observar una clara diferencia entre el estado actual y la manera como siempre la habíamos encontrado. ¡Qué curioso! Los grandes sucesos inician con pequeños detalles que no distinguimos, que pasan desapercibidos. Y después nos preguntamos cómo hemos llegado hasta tal punto. Puntos irreversibles, sin marcha atrás.

Llegó un día en el cual ya se podía experimentar que algo estaba sucediendo, que la situación había cambiado. Ella se mostraba irritable, la paciencia que le caracterizaba no era la misma y se mostraba tensa por largos períodos de tiempo. Pero nadie dijo una palabra. Su sonrisa era la de todos los días. Sus brazos ofrecían la misma calma y su regazo seguía siendo tan apacible como un amanecer. Aún era ella.


Así pasaron los días, incluso meses si mal no recuerdo, hasta que llegó el tiempo. Fue un episodio que nadie esperaba. Yo lo presencié, y llevo el recuerdo conmigo durante los momentos de soledad. Ella estaba sentada en el suelo, recostada en la pared de la habitación. La mirada perdida, la piel pálida… y la herida.

- ¿Cómo pudo pasar? ¿A qué hora sucedió? ¿Por qué estaba sola?
- Déjala, llévatela.
- ¡No!

El episodio pasó. Todo volvió a su curso normal. Ustedes se sorprenderían de la capacidad de ciertos seres humanos para la negación, para autocegarse ante lo indeseado. Nadie preguntó más. Los cuestionamientos se convirtieron en mimos y consuelos que la llevaron a actuar como cualquier otro día, como si la vida continuara sin novedad.

Dentro de mí, en cambio, había una sensación de angustia. Veía que todo tenía una apariencia común, demasiado común, demasiado armónica… demasiado perfecta. Como ser humano tratando de ser cuerdo y con sus cinco sentidos, dudé de esa atmósfera de perfección. Entonces opté por distanciarme. No quería presenciar el desenlace, ni ser testigo de su estado final.

Supe que nadie quiso dejarla ir. También que la lucha fue larga, y que todos hicieron grandes esfuerzos porque ella se viera, y se sintiera, como si apenas llegara al mundo, buscando belleza en cada detalle de la vida. Permaneció en su habitación, y procuraron que a su alrededor no hubiera mayores cambios, nada aparatoso. Querían inspirarle la sensación apacible de tranquilidad y comodidad que ella misma siempre buscó para todos nosotros.

Yo tampoco la dejé ir. La veo claramente en mi cuarto a diario, cada noche me acuesto en su regazo, siento sus dedos acariciando mi cabello, su voz encantando la noche y sus suspiros rasgando los instantes de silencio. Hasta que el sueño me vence y encuentro en esas visiones de oscuridad la cruda realidad, y es que ella se ha ido a donde no la puedo alcanzar.

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